La Real Academia Española aceptó hace poco tiempo el término posverdad y lo define como “distorción deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Como dice la RAE a manera de ejemplo para ilustrar el neologismo, “ los demagogos son maestros de la posverdad”.

La demagogia es, según la academia:


1. Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.

2. Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

En los últimos años, la República Dominicana ha sido un tubo de ensayo para los más indignos experimentos sobre posverdad a base de demagogia.

Atreverse a medir el impacto de una acción engañosa y ponerla en práctica ha sido el abuso más descarado que se haya podido cometer contra un pueblo.

“No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista; ni médico que lo cure, ni remedio en la botica” es un famoso decir popular que pretende encender la esperanza de que todo tiene su fin.

Los más escandalosos ejemplos de posverdad que se han esgrimido en la República Dominicana son:

Negar categóricamente el predominio de la tolerancia a la delincuencia en forma de corrupción.

Vender una imagen de “democracia auténtica” a base de permitir actos reñidos con las leyes que radica en un laissez faire desproporcionado, convirtiendo al Estado en aliado de contrabandistas, evasores de impuestos y muchas diabluras más en un evidente intercambio de favores.

Protección de la imagen a base de buscar opiniones interesadas en sacar ventajas sustentadas en un buen cheque que llega sin retrasos a comunicadores al servicio de un Estado manejado por muchos delincuentes que son capaces de engañar hasta su propia familia.

Lo que acaba de denunciarse sobre un concurso presuntamente manejado fraudulentamente en el Instituto Nacional de Atención Integral a la Primera Infancia (INAIPI) es una muestra de crueldad inaudita en tiempos de una pandemia de consecuencias impredecibles, propia de un Calígula enardecido y deseaba ver sangre en el coliseo Romano, después de haber sido un modelo ejemplar en sus primeros meses de reinado que fue muy bien acogido por el pueblo, según el punto de vista de los historiadores respetó al Senado, devolvió a la asamblea popular el derecho a elegir a los magistrados, decretó amplias amnistías para los que habían sido condenados en tiempos de Tiberio y organizó grandes espectáculos circenses.

Luego, las arcas del Imperio Romano se vaciaron rápidamente ante la necesidad de pagar a las tropas y las fiestas en la corte, circunstancia que le obligó a subir los impuestos y reanudar la política de eliminación física de senadores para apoderarse de sus posesiones. Su política exterior fue un reflejo de las pulsiones orientalizantes que marcaron su vida: aumentó el número de reinos vasallos en Oriente, al tiempo que reducía la autonomía de los territorios occidentales.

Al leer parcialmente el informe final de la auditoría practicada por la OEA para identificar la o las causas por las cuales no fue posible la correcta implementación del voto automatizado en las elecciones municipales de República Dominicana del 16 de febrero de 2020, los elefantes, han quedado anonadados por múltiples razones:

  • No es posible la utilización de un sistema automatizado que no haya sido sometido a todo tipo de pruebas control en su desarrollo y puesta en producción.
  • Falta de cuidado profesional al cargar diferentes imágenes de un mismo candidato con un peso en bytes sin un estándar pre establecido.
  • Falta de control de integridad en el software de personalización de las urnas.
  • Falta de mensajes de alerta ante una falla.
  • Se personalizaron las urnas sin un análisis previo de la infraestructura de redes ni se tuvo en cuenta la capacidad de transmisión de los modems.
  • No se planificó la mitigación de fallas.

Estas y otras cosas terribles que aparecen en el informe denota un desconocimiento total de las altas instancias de la Junta Central Electoral en la materia o confianza extrema en un personal de informática que desafió toda la lógica aplicable al ejercicio de la profesión.

Esto tiene un apellido imborrable: Desvergüenza.

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