El deporte que supuestamente fue inventado por el General Abner Doubleday, un destacado militar del ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión, es tan misterioso que se hizo favorito del país “más democrático” del planeta desde sus inicios en el Siglo XVIII hasta nuestros días y aún existen dudas sobre su verdadero origen.

Las riquezas que se han derivado de este deporte son incalculables y nadie ha reclamado ninguna participación en beneficios por derechos de invención.

Los jugadores que menos dinero han ganado, se han retirado con una buena posición económica y con el reconocimiento de los fanáticos y de las organizaciones que rigen las reglas del juego y administran el tesoro de las productivas inversiones que se hacen para lograr el mejoramiento de la calidad de ese deporte día a día.

No es casual que los mejores entrenadores o “coaches”, dirigentes o “managers”, asistentes, etc., de los mejores equipos del mundo no hayan sido, estadísticamente hablando, individuos destacados durante su carrera como jugadores activos.

Los árbitros nunca han sido jugadores y los negociadores de contratos en representación de peloteros con aspiraciones de lograr mejores salarios, tampoco.

Es un deporte “de pulgadas”, como dicen algunos analistas y comentaristas y el lenguaje que se usa para platicar entre los fanáticos tiene muchas facetas de tipo coloquial que nadie puede descifrar con facilidad, salvo que haya vivido en un ambiente propio de esa grey.

Entre fanáticos y comentaristas se usa el término “el lucky seven”, o el “séptimo de la suerte” para destacar que durante un partido, el séptimo inning existe el factor suerte como que para un equipo anote carreras en su favor.

Pocos se preguntan si el ¨séptimo de la suerte” no es el “séptimo de la mala suerte” para el equipo que no produce anotaciones en esa entrada.

El profesionalismo de un médico que se utiliza como asistente de un equipo para tratar casos de lesiones y enfermedades de un jugador nunca ha sido cuestionado, pero no se sabe a ciencia cierta si es fanático o no del conjunto para el cual trabaja. El secreto profesional en estos casos será muy difícil de calibrar si el medico, masajista, etc. realiza apuestas sea por iniciativa propia o por insinuación de un ludópata empedernido.

El año 1919 quedó marcado históricamente como el más desastroso para el deporte cuando se pudo establecer que en la Serie Mundial de ese año, ocho jugadores fueron expulsados de por vida por estar confabulados en el famoso “Escándalo de los Medias Negras” y perder intencionalmente la serie frente a los Rojos de Cincinnati y lograr beneficios destinados al bajo mundo bajo un acuerdo entre Arnold Gandil, primera base del equipo de los medias blancas de Chicago y Joseph Sullivan, un apostador ligado al gánster Arnold Rothstein a quien convenció para que financiara la trama.

En el año 2017 pudo haber ocurrido algo similar (y ojalá que no), pero las condiciones estaban dadas para que las apuestas se desbordaran en favor de los Astros de Houston si se expandió hasta los truhanes que dominan ese mercado, la información del robo de señas.

El equipo más admirable de los últimos tiempos en las ligas mayores ganó la serie robando señas a los contrarios y no ha pasado nada relevante que pueda compararse, conservando la distancia, con la decisión del comisionado en el caso del “Escándalo de los Medias Negras”.

La juventud de hoy en día merece recibir señales bien claras con sanciones contundentes y ejemplares en los casos de robo, engaño, corrupción, porque si continuamos aceptando burlas con este tipo de acciones, que son auténticas contumelias para el mundo, estamos edificando un castillo de arena para las sociedades del futuro.

2 pensamientos en “ROBO DE SEÑAS

  1. Eva Canela

    El mal institucional que más corroe la moral de la sociedad es la lasitud en aplicar el régimen de consecuencias establecido, lo cual diluye la responsabilidad que debe tener el ciudadano ante sus actos.

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  2. Eva Canela

    Uno de los grandes males que corroe la moral de la sociedad es la lasitud al aplicar el régimen de consecuencias establecido, lo que diluye la responsabilidad del ciudadano ante sus actos y debilita permanentemente la solidez institucional que debe mantener la democracia.

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